
¿Te has preguntado por qué hablar con amigxs nos alivia, pero la psicoterapia puede llevarnos a un cambio más profundo?
Muchas veces, pensamos que la clave de la terapia está en la técnica, en la teoría que utiliza el terapeuta o en qué tan preparado está. Pero en la práctica, hay algo mucho más profundo que sostiene todo el proceso: el vínculo que se construye en ese espacio. Es ese “algo” difícil de explicar, pero que hace que poco a poco nos abramos, nos expresemos y empecemos a ver cosas de nosotros mismos que antes no podíamos ver. Te compartimos un poco de lo que el libro “Buscamos el amor y nos topamos con la soledad”, de Ana Suy expone sobre esto.
No es solo hablar, sino con quién hablamos
Todos hemos tenido esa experiencia: hay amigos con los que podemos hablar de todo, y otros con los que, aunque queramos, simplemente no podemos abrirnos igual. A veces, platicar con alguien cercano nos alivia, nos sentimos acompañadxs, entendidxs y escuchadxs, pero también pasa que, aunque nos desahoguemos mil veces, terminamos cayendo en lo mismo.
En terapia ocurre algo distinto. Hay un tipo de conexión que no solo nos permite contar nuestra historia, sino también decir eso que nunca habíamos dicho, o incluso darnos cuenta de cosas que ni sabíamos que llevábamos dentro. Así mismo, pueden aparecer emociones incómodas: vergüenza, miedo, ansiedad o incluso dudas sobre el proceso. Esto no es casualidad. Desde la psicología, esto se entiende como transferencia, un proceso en el que proyectamos en la otra persona emociones, expectativas y formas de relacionarnos que vienen de nuestra historia, especialmente de nuestras primeras relaciones significativas (Suy, 2020). Por eso, el vínculo terapéutico no es neutral. No es como cualquier conversación. Está cargado de sentido, aunque muchas veces no sepamos exactamente de dónde viene.
Repetimos lo que no hemos resuelto
Aquí es donde la terapia empieza a ir más allá de una plática. En terapia no solo hablamos de lo que nos pasa, también repetimos formas de amar, de reaccionar, de acercarnos o alejarnos del otro. A veces esto se siente como cariño o admiración hacia el/la terapeuta, pero otras veces aparece como incomodidad, enojo o incluso rechazo. Aunque suene raro, eso no es un problema; es parte del proceso.
Sigmund Freud entendió que estas emociones no eran un error, sino el motor del tratamiento, porque nos permiten acceder a partes inconscientes de nuestra historia y de nuestra forma de vincularnos (Freud, 1915/1978). Incluso cuando sentimos resistencia o rechazo, eso puede ser justo lo que abre la puerta a un trabajo más profundo. Toca eso que no siempre queremos ver, pero que necesitamos entender para poder cambiar.
¿Qué hace diferente a la terapia?
Un amigo nos escucha, nos aconseja y nos acompaña, y eso es valiosísimo. Pero también responde desde su historia y desde lo que cree que es mejor para nosotrxs. En terapia pasa algo distinto: el/la terapeuta no busca agradarnos, no se engancha desde su ego ni toma lo que sentimos como algo personal. Ese lugar diferente permite que la conversación vaya más allá del desahogo.
Sigmund Freud habló de la importancia de que el terapeuta no se involucre desde su propio narcisismo. Esto es clave, porque aunque podamos sentirnos vistos y valorados, el trabajo no se trata de quedarnos ahí, sino de entender lo que está pasando en ese vínculo y usarlo como herramienta. Como plantea Suy (2020), el analista sostiene ese espacio desde un lugar distinto, permitiendo que exploremos lo que está ocurriendo sin intervenir desde sus propias necesidades. Ahí es donde empieza a darse un cambio más profundo.
Aprender a estar, incluso con nosotrxs mismxs
Tal vez lo más fuerte de todo esto es que la terapia no solo cambia cómo nos relacionamos con los demás, sino cómo nos relacionamos con nosotrxs mismxs. Poco a poco aprendemos a estar en silencio, a tolerar nuestra propia compañía y a no depender completamente del otro para sentirnos sostenidos.
Suy (2020) habla de algo muy poderoso, el aprender a confiar en una “buena soledad”, una que deja de sentirse como vacío y se convierte en un espacio de encuentro con nosotrxs mismxs. Y entonces algo cambia: el amor y la soledad dejan de ser opuestos y empiezan a convivir. La terapia deja de ser solo un lugar donde hablamos y se convierte en un proceso donde comprendemos y transformamos lo que antes no podíamos ver.
Si quieres conocer las distintas corrientes terapéuticas, esta nota te puede interesar: ¡entra aquí!
Fuentes
Suy, A. (2020). Buscamos el amor y nos topamos con la soledad. Editorial Planeta.