
Inevitablemente nuestros días siempre van a estar llenos de momentos buenos y de algunos otros que no nos encantan. La vida no es un continuo de días perfectos, y está bien que así lo sea. En medio de la rutina hay instantes de alegría, calma o gratitud, pero también aparecen tropiezos, enojos o frustraciones que no podemos controlar.
Lo curioso es que nuestro cerebro tiene la tendencia de darle mayor importancia a lo negativo que a lo positivo, se trata de un fenómeno llamado sesgo de negatividad. Lo que fue un momento incómodo, una mala noticia, un comentario desagradable o un contratiempo, se convierte en la excusa para tachar todo el día como “un mal día”.
¿Qué pasaría si hiciéramos conciencia de este fenómeno y empezáramos a ver las cosas de otra forma? ¿Y si ese mal momento se quedara solo en eso: un momento, y nada más?
La importancia de pausar
En lugar de dejar que la mente se enrede una y otra vez con lo que salió mal, haz una pausa consciente. Gestos tan simples como el detenerte, respirar y observar, pueden marcar una gran diferencia. Así que respira profundo, siente cómo entra y sale el aire, y luego mira a tu alrededor. Pregúntate: ¿que SÍ está bien en este instante? ¿qué o quién me sostiene ahora mismo?
Hacer una pausa es como apretar un pequeño botón de “reset” mental. Nos permite salir de la inercia del pensamiento automático y tener otra perspectiva, darnos cuenta de que ese momento no lo es todo.

Lo más increíble es que no necesitas nada extraordinario para lograrlo. Puedes hacerlo en el coche, en medio de una junta, en tu casa, caminando en la calle o en cualquier lugar que te encuentres… Un respiro profundo, una mirada distinta, una pregunta simple: ¿qué de esto me recuerda que estoy bien, aunque hoy algo haya salido mal?
¡Ojo! No se trata de ignorar lo que te molestó o dolió, sino de equilibrar el peso de ese momento con todas las cosas buenas que siguen ahí.
Las pequeñas cosas que sostienen
El “hacer una pausa y preguntarnos qué sí está bien” no siempre se siente como algo sencillo. Pero no se trata de buscar grandes respuestas ni logros extraordinarios, sino de reconocer esas pequeñas cosas que ya están ahí… El abrazo que recibiste en la mañana, la risa que compartiste con alguien, los planes que sí salieron, las personas que permanecen cerca. También podría tratarse de una conversación sincera, una canción que te levanta, el recuerdo de algo que lograste, una pequeña meta complicada que te recuerda que sigues avanzando.
Además, no siempre es necesario mirar hacia afuera. A veces esa reflexión y pausa te invitan a mirar dentro: a descubrir que también en ti hay fuerza, recursos y resiliencia.
Aprende a darle su lugar
Al final, se trata de aprender a darle a cada cosa el lugar que merece. Los malos momentos, las incomodidades y los tropiezos no van a desaparecer de nuestras vidas, pero tampoco tienen por qué ocuparlo todo. Frente a ellos, siempre tendremos la opción de detenernos y recordar que incluso en medio de lo incómodo hay motivos para seguir.
Al reconocer las pequeñas cosas que nos sostienen (lo que hay fuera y también lo que vive dentro de nosotros) descubrimos que un mal momento no tiene tanto poder como parecía. No es todo nuestro día, no es toda nuestra historia… así que dejemos que un mal momento sea solo eso, UN mal momento.