
«Una manzana al día mantiene al doctor a la deriva». Probablemente hayas escuchado esta frase alguna vez en tu vida. O quizás la versión en inglés te suene más familiar: “An apple a day keeps the doctor away». Mucha gente suele tomar esta frase por los componentes nutricionales de las manzanas, pero, ¿y si nos habla de algo más? ¿Qué tal que no estamos hablando de una manzana, sino de una rutina?
¿Qué es lo que más esperas al llegar a tu casa después de un día de trabajo? Puede ser la comida que te espera en el refri, tu cama, tus mascotas, tu ritual antes de dormir. Ahora, ¿has notado cómo te sientes después de hacer todo esto? ¿o cómo te sientes cuando no lo haces? La rutina nos ayuda a relajarnos después de un día lleno de imprevistos.
Tener una rutina nos ayuda a autorregular nuestro sistema nervioso. Te voy a contar un poco sobre la mía: al llegar de la universidad en la noche, lo primero que hago al abrir la puerta es gritar «Gato». Sí, así se llama mi gatita, me faltó creatividad, yo sé. Saludo a mi gatita, una tuxedo de 5 años que me espera todos los días frente a la puerta. Después prendo la regadera, me baño, me pongo mi pijama y ceno mientras veo la serie de mi elección, que suele ser Brooklyn 99 porque soy de esas personas que ven la misma serie 30 veces. Después de cenar, me tomo mi magnesio y me acuesto a leer un rato. Todos estos pequeños rituales forman parte de mi rutina. Y yo sé que no importa lo que pase en el día, llegaré a casa y seguiré los mismos pasos de siempre. Eso, inconscientemente, le da a mi cerebro paz.
Tu cerebro funciona como una máquina que analiza situaciones, y esta máquina suele buscar patrones para predecir qué es lo que va a pasar después. ¿Te imaginas cuántos escenarios puede sacar tu cerebro en un día? Y me puedes decir: bueno, mi rutina siempre es la misma, me levanto, me arreglo y me voy al trabajo, paso horas atorado en el tráfico, llego a la oficina y hago siempre lo mismo. Tu rutina puede ser la misma, pero lo que la rodea no: hoy el jefe puede venir de malas, o te puede tocar el típico choque en el Periférico (una calle concurrida en la Ciudad de México). Tu cerebro no puede controlar al mundo que te rodea y esto hace que esté en un constante estado de alerta para ingeniar el siguiente paso. ¿Pero qué sí puede controlar? Tu rutina. La que solo sabes y haces tú. La que no depende de nada externo.
Cuando tu día se siente predecible, tu cerebro no tiene que gastar energía monitoreando amenazas constantemente y eso le permite enfocarse en cosas como regular tus emociones y pensar con claridad. Por el contrario, cuando todo es incertidumbre, el cortisol, la hormona del estrés, se queda elevado por más tiempo, manteniendo a tu cuerpo en un estado de alerta que, a la larga, te agota.

Foto: CottonbroStudio/Pexels
Sé de lo que hablo, porque yo viví lo que pasa cuando esa rutina desaparece de golpe. Cuando tenía 22 años, decidí independizarme. Me mudé a un departamento después de haber vivido en la misma casa, con las mismas personas, paredes y muebles. ¿Recuerdas cómo dije que hoy en día mi primer ritual al regresar de la calle es gritarle a Gato? A lo largo de mi vida, siempre fue parte de la rutina llegar a casa y saludar a todos. Típico hogar latino que yo sé que muchos critican por ser ruidoso, pero no hay nada como llegar y gritar «¡Hola familia!» y escuchar como todos te responden.
La primera noche que llegué a este departamento blanco, sin muebles, con paredes blancas y un eco aterrador, lo primero que noté fue que no tenía a nadie a quien saludar. Solo estaba yo y Gato. Después de una semana ahí y de sentir que estaba viviendo en la casa de alguien más, al abrir la puerta y ver a Gato esperándome grité «¡Gato!» y ahí nuevamente me sentí en casa. El cerebro es chistoso. No fueron los muebles, o los cuadros que me traje de casa de mi mamá, fue el abrir la puerta y gritar «¡Hola!» nuevamente. Fue darle a mi cerebro algo que reconocía como seguro. Y no me tires de loca, Gato sí me contesta, si tienes un tuxedo sabes lo platicones que son. No lo mencioné antes pero, dormir en mi nuevo departamento era difícil. Mi cerebro se sentía invasor en la casa de un extraño. No tenía rutina y esto me causaba mucha ansiedad y estrés. Al empezar a estructurar una rutina alrededor de mi nueva vida, noté cómo disminuyó esta ansiedad exponencialmente.
Hoy, después de dos años, por fin tengo una rutina en la cual puedo confiar después de un largo día. Aunque no creas que todo es perfecto. A veces, llego y se me olvidó que tenía que pasar a comprar jabón para bañarme o veo que se me acabó el magnesio, o llego tan agotada que no volteo ni a ver mi libro; pero mi rutina es mucho más grande que tres simples cosas. Y a pesar de que mi cerebro no pudo predecir todo, aun así lo ayudé con un pedacito de manzana ese día.
Ahora te quiero invitar a que pienses, ¿cuál es tu manzana del día? Hoy lo hablaba con un amigo y me contaba cómo la suya es llegar a bañarse y meterse a su cama. O mi mejor amiga dice que su manzana es llegar «al trono», es una vulgar, yo lo sé. Aunque no lo creas, esas pequeñas cosas que haces todos los días son tu lugar seguro del caos que te rodea. Y si no se te ocurre alguna “manzana” que ya tengas, te invito a incorporarla hoy que estás leyendo esto.
Pueden ser cosas pequeñas como cambiarte la ropa o escribir en tu diario, o si quieres un empujoncito, te recomiendo leer «Hábitos atómicos» de James Clear, en este libro, el autor te guiará paso a pasito para incorporar nuevos hábitos y rutinas que contribuyan a tu bienestar.

No se trata de incorporar una rutina que te haga bien de manera perfecta, se trata de hacerlo de manera constante, esto hará que poco a poco, notes el impacto que esto tiene en tu salud mental.